Los tule de Arquía, entre el conflicto y la resistencia

Makilakuntiwala  o río que corre derecho, es un resguardo indígena kuna localizado en Arquía. Arquía está en medio del Tapón del Darién. Y el Darién, está en la frontera Colombia – Panamá, al occidente del Golfo de Urabá, en el norte de los departamentos del Chocó y Antioquia.

De Bogotá a Medellín se emplean aproximadamente ocho horas, que sumadas a otras diez permiten llegar a Turbo, la tierra del cangrejo y el banano, que es al tiempo un puerto clave en el contrabando, el tráfico de armas y  el narcotráfico centroamericanos. El olor a madera podrida, agua estancada y la  basura acumulada por todas partes, recuerdan la paradoja de los puertos colombianos: cunas de la prostitución y de los negocios oscuros,  lugares en los que mueven cantidades inimaginables de dinero pero que son al final absurdamente pobres.

Una replica de un barco sale del piso de la plaza y la estatua de Gonzalo Mejía,  cuyo epígrafe reza: un hombre con visión del mar, el aire y la tierra, lo saluda.

-Capurganáaaaa, Triganá… Sapzurrooooo, Unguía,  gritan los negros de piel curtida por el sol, que desde las siete de la mañana están en busca de turistas ávidos de paraísos tropicales (y es que es muy difícil pasar desapercibido. Al latino lo delatan las maletas 1000 litros que lleva consigo y al europeo la altura, la piel y la cara de susto). Son negros grandes, fuertes, trabajadores y  berracos… esto último, dirían algunos, heredado de la colonización antioqueña, ligada al establecimiento de la United Fruit Company –hasta hace poco Chiquita Brands-, en el Urabá.

Se mueven como peces en el agua, como vendedor en puerto. Promocionan tiquetes, gritan piropos, pesan maletas, ayudan a la señora de edad, acomodan equipaje, embarcan encargos del amigo del amigo,  prenden motores,  acomodan pasajeros, suben y bajan de las pangas (lanchas), ríen, saludan…gritan y todo, todo en menos de una hora.

El mar y el cielo se ven igual de azules y en la distancia parece que se unen, cantarían Los Panchos, y a lo mejor aunque el motorista y su ayudante no han escuchado la canción, lo han entendido mejor que el trío. Respetan la inmensidad del mar. Cruzan el Golfo, paran en un puesto de control de la Armada Colombiana y con seguridad se hacen campo, o agua mejor,  hacia la ciénaga de Unguía. En Unguía esperan con armas en mano algunos soldados, a este pueblo de control paramilitar, a pesar de la presencia del Ejército, no son muchos los que llegan.

Es uno de los tantos Macondos de este país.  Si en Turbo no se pasa desapercibido en Unguía menos, allí las cosas son a otro nivel. Hay pocos carros en el pueblo, contables con los dedos de las manos. Las motos por el contrario abundan, son el medio de transporte junto con las carretas haladas por caballos, que más se utiliza. La gente es parca, no gusta de contestar pero sí de preguntar.

El calor y la tierra amarilla se mezclan. Es un paisaje sepia, los movimientos en cámara lenta. Se oyen corridos, reggaeton, vallenato y champeta. La gente, en su mayoría hombres, se sienta alrededor de la plaza central a tomar cerveza, hacer negocios y jugar billar. Una vez entra alguien desconocido toda la atención se centra en él o en ella. Hombres de cabellos oxigenados, lentes oscuros y tatuajes en tinta china empiezan a hacer rondas y a preguntar quién es el nuevo. Media hora después todos en el pueblo saben nombre, edad, procedencia y motivo de la visita.

– Van para donde los indios.

Esos indios, como los llaman despectivamente en el pueblo, son los que abastecen de plátano, cacao y otros víveres a las tiendas y hogares de Unguía. El ciento de plátano (100 unidades) se les compra entre 12 y 15 mil pesos, y se vende casi al triple, como todos los productos. No se contempla el tiempo de cosecha, recolección y el camino que hay que hacer del resguardo al pueblo.

Sí, el camino. Porque los indios y Makilakuntiwala literalmente están en medio de la selva a una hora larga a pie para cualquier waga (no indígena) por trocha.

Don Alirio, Don Nelson y otros tule esperan sentados en una de las sillas del parque.  Cuando baja el sol dicen que lo mejor es tomar una moto. La trocha está en mal estado por las lluvias. Ellos irán en una carreta con el equipaje.

Papeles en mano, lo mejor es agarrar por la cintura al hombre de los casi 30 años que invita a subir a su moto con un guiño de ojo. No se le puede mirar a los ojos, es uno de los vigilantes de lentes oscuros. Las cuatro motos lideradas en principio por un antiguo narcodependiente, que se apoda `Mi Rey` (nadie sabe su nombre y nunca lo dice), rompen la parsimonia de la cámara lenta.

La plaza central se pierde rápidamente. Las calles destapadas empiezan a descubrirse y de pronto ahí al final del final, el inicio: la trocha de Arquía. A Makilakuntiwala, que es el nombre en tule del Resguardo, se llega de dos formas, no hay de otra. La trocha o  Las Vegas, una finca ganadera (digna de los llanos orientales) que aunque todos la saben propiedad de un bloque paramilitar, funciona como terreno legalizado, quizá por algún testaferro. Es la trocha vigilada por algunos como ´El Niche`, un negro de unos 50 años malmirado y poco saludable, que con el tiempo es hasta amable;  o la finca de cientos de hectáreas, en la que lo único que se ve es ganado, y de cuando en cuando un vaquero o algunos soldados que la cuidan.

La opción esta vez es la finca. Con seguridad uno de los hombres en moto, abre y cierra puertas. Han pedido permiso para cruzar el terreno sin problemas. La única forma de pasarlo siendo extraño es con autorización, y esa autorización sólo la tienen algunos del pueblo y  los indígenas tule.

En la mitad de la finca la lluvia espera. También el pasto es digno aprendiz del engaño, el pasto de Las Vegas se enloda y las motos quedan enterradas. Resultado: barro en manos y pies. El aguacero no deja siquiera que dos personas se escuchen, los zapatos ahora tienen una plataforma de tres centímetros de estiércol de vaca, lodo y pasto.

La selva es hostil y el clima perverso para quien no está acostumbrado. Los tule o kuna han resistido siglos, se han adaptado bien. Desde la colonización española, pasando por el conflicto con los emberas, la revolución kuna,  la separación de Panamá (que los dividió. La mayoría de kunas habitan en Panamá), la escasez de alimentos y el conflicto armado (cuyos actores tienen controlados los alrededores del resguardo), han sabido salir adelante.

Su gastronomía ha variado mucho los últimos años. Con el recrudecimiento del conflicto dado hacia el 2004, en los terrenos que utilizaban para la caza se sembraron minas antipersonal por lo que tuvieron que suspender la actividad y prácticamente cambiar su dieta por una basada en el consumo  exclusivo de plátano.

La situación económica también se vio afectada como consecuencia a dicho fenómeno de recrudecimiento. Sufrieron un bloqueo económico, no podían establecer una actividad comercial normal. Al ser acusados de colaboradores de la guerrilla no se les permitía por ejemplo, comprar más de cierta cantidad de alimentos por semana en el pueblo, ni vender con total libertad.

La seguridad colocó en máxima alerta a los habitantes del resguardo, desaparecían muchos indígenas, no podían transitar la trocha de Arquía a determinadas horas y otras familias perdieron a sus hombres, reclutados por la guerrilla o los paramilitares. Estaban en el centro del conflicto.

El clima favorece el cultivo de coca por lo que sus tierras son apetecidas por los actores armados. Las multinacionales cuyo objetivo es terminar la carretera Panamericana, tienen la mira puesta sobre la zona, que es la única que interrumpe la misma.

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